“Pero, como los judíos no usan nada en común con los samaritanos, la mujer le respondió: —¿Cómo se te ocurre pedirme agua, si tú eres judío y yo soy samaritana?  —Si supieras lo que Dios puede dar, y conocieras al que te está pidiendo agua —contestó Jesús—, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua que da vida.”.

Cegada por la necesidad de sentirme amada, lejos estaba yo de imaginar que las pruebas no dejan de existir al cambiar el protagonista de tu historia, si este es un hombre mortal que como tu y como yo, es débil y le falta mucho por aprender del Señor, tarde o temprano te fallará si pones tus expectativas en él.

Fijar la mirada en Jesús nos garantiza llenar los vacíos que podamos tener en el alma. Él permanece a nuestro lado observando cada cosa que sucede a nuestro alrededor. Si bien es cierto tomamos decisiones equivocadas, es una realidad que nos ayuda a enmendar nuestros errores, rectificar el camino y nos permite dimensionar las consecuencias de nuestro pecado llevándonos a un genuino arrepentimiento como preámbulo a la restauración, restitución y perfeccionamiento de nuestra fe durante el proceso.

Esta parte de mi historia, se parece a la descrita en el evangelio de Juan (te invito a leerla en Juan 4), en donde Jesús tiene un encuentro personal con la mujer samaritana. Así como ella, en ocasiones pensamos que no somos dignas de su atención o que no tiene razones para dirigirnos la palabra, pero aunque Él pudiera actuar de esa manera, no lo hace porque nos ama con todo el corazón y sabe que Él es quien puede brindarnos consuelo y paz. Como le pasó a ella, Jesús conoce todos los detalles de nuestra existencia, sabe que anhelamos matrimonios perfectos siendo imperfectos, que no valoramos lo positivo sino que exaltamos lo negativo, que buscamos de un lado a otro seguridad sin éxito alguno y que nos resistimos a su voluntad porque pensamos que no somos importantes para Él.

Considero que en mi caso personal, Dios usó todo lo que he tenido que vivir para saciar mi sed de amor directamente de la fuente de agua viva. Lo que pudo ser un gran fracaso por su misericordia hoy es mi mayor bendición. Aprendí a depender de Él en todos los sentidos y a poner mi esperanza en quien está dispuesto a permanecer a mi lado pase lo que pase. Ya sé que si caigo Él me levanta y si mis piernas tiemblan su mano derecha me sostiene.

Buscar amor en el lugar equivocado ya no es una opción. Jesús nos ha marcado el camino. Sólo Él puede darnos un propósito por el cual luchar. Él no falla, es perfecto, fiel, generoso y asertivo. Su amor es inagotable y trasciende hasta la eternidad ¿Qué más podemos pedir?

“—Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed —respondió Jesús—, pero el que beba del agua que yo le daré no volverá a tener sed jamás, sino que dentro de él esa agua se convertirá en un manantial del que brotará vida eterna”.

(Juan 4:13 NVI)

Escrito por Lilo de Sierra