“Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas”

(Josué 1:9 NVI)

Nuestro Padre Celestial nos ordenó esforzarnos y ser valientes en medio de las pruebas que a diario tenemos que enfrentar. Las tristezas pueden llegar de todas partes. Somos mujeres diseñadas con un sinnúmero de combinaciones claves que representan nuestras emociones. A veces es demasiado el tener que ir por el mundo buscando aprobación. Sí, solo requerimos la aceptación de Dios, en teoría; pero en la práctica, necesitamos saber que somos parte de algo o que ocupamos una gran parte del corazón de alguien que es importante para nosotras.

Podemos llegar a ser seres invisibles. Nos esforzamos por demostrar amor de la forma en la que sabemos y aunque esos esfuerzos parecieran invisibles, desacertados, inoportunos o poco valorados por esa persona, lo único cierto es que el Señor sabe el porqué, el cómo y el para qué de cada uno de ellos. 

Es cierto, buscar palabras de afirmación de alguien tan imperfecto como nosotras es decepcionante; se nos puede pasar la vida esperando que eso suceda porque no podemos pretender que piensen, actúen o reaccionen como queremos, por la simple razón de que somos personas diferentes y libres de procesar los hechos como mejor nos parezca.

Es mejor dar que recibir; ser generosas sin esperar nada a cambio; cumplir nuestro propósito, hacer todo de buena gana como para el Señor y permitirle a Él tener mayordomía en todos nuestros asuntos.

Es preferible cambiar las palabras por acciones concretas para no quedarnos con la expectativa de lo que pudo haber pasado si lo hubieramos hecho. Es imperativo luchar con todas nuestras fuerzas y evitar quedarnos paralizadas en el temor, la incertidumbre o la desesperanza.  Es necesario renunciar a nuestras demandas para no caminar con una pesada maleta en la espalda con un cúmulo de lagrimas amontonadas por la frustración de no obtener un reconocimiento que creemos merecido.

Brinda mucha más satisfacción mirar al cielo que observar el piso, porque allí encontramos la paz del deber cumplido. Aferrémonos a la verdadera felicidad. Jesús sonríe con cada milla extra recorrida y eso debería ser más que suficiente. 

Nuestra meta está en otro reino, uno en donde nuestras lágrimas son perlas preciosas y somos aceptadas y amadas tal cual somos. Elevemos al cielo una plegaria sincera para agradecerle a Él y solo a Él, el poner en nuestra alma tanto el querer como el hacer; el que haya impreso en nosotras el ímpetu de mujeres con la capacidad de lograr todo en su nombre y para su honra. Seamos agradecidas por su compañía y respaldo en cada paso dado y camino transitado, porque Él es fiel testigo de que hemos tratado de dejar atrás el orgullo, el egoísmo y la falta de iniciativa, para dar paso a la mujer resolutiva y con ganas de conquistar los terrenos indomables de lo desconocido de su mano, que se halla en nuestro interior.

Declaremos juntas que nuestros regalos de amor son para Él y que los recibe con aprecio; renovemos y transformemos nuestra manera de pensar para que se convierta en la mejor defensa que podamos tener. Guardemos el corazón y esperemos en Él con paciencia la recompensa de acercarnos cada día a su presencia como nuestro principal objetivo de vida y recuerda…¡Invisibles para el mundo, pero no para Dios!

Los ojos de Dios ven los caminos del hombre; Él vigila cada uno de sus pasos”.

(Job 34:21 NVI)

Escrito por Lilo de Sierra